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Mariano llama a su puerta

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A pesar de la guerra bacteriológica que el ministro Wert mantiene contra la cultura en general y contra el cine en particular, las dos últimas producciones audiovisuales que ha lanzado el PP alabando su gestión de destrucción masiva han elevado el arte del cortometraje a unas alturas desconocidas desde los tiempos de La cabina. En aquella meticulosa y kafkiana pesadilla, José Luis López Vázquez se ahogaba junto a millares de españoles en el aire viciado y hediondo de una jaula de cristal franquista. La alegoría coló porque la censura de la época andaba muy ocupada atisbando escotes y nadie se fijó en que la cabina se bloquea en cuanto López Vázquez introduce en la ranura del teléfono una simbólica peseta.

En apariencia, nada menos novedoso que el formato y la presentación de ambos docudramas, dos auténticas odas a la caspa que añaden inesperadas resonancias al adjetivo “rancio”. Las dos están rodadas en color, puede incluso que en technicolor, pero la grabación es tan perturbadora que, para hacer juego con el país, se ve todo en blanco y negro. Es muy probable que el efecto viejuno se deba a que el encargado de fotografía haya saturado la gama de grises hasta conseguir centrar la producción en una nueva tonalidad que no es ni blanco ni negro y que merece denominarse “barba mariana”.

La puesta en escena de ambos cortometrajes resulta no sólo anticuada sino francamente decimonónica. Podríamos decir que más francamente incluso que decimonónica. En el primero de los dos, un grupo de egregios dirigentes peperos departen amablemente en diversos sillones y sofás los logros de su desgobierno mientras toman despreocupadamente un cafelito. Disculpen el diminutivo y la cursilería pero si alguna vez ha merecido escribirse la palabra “cafelito” es en ese momento en que Mariano remueve el brebaje y luego golpea repetidamente en el borde de la taza en el mejor estilo de alta comedia. Por la amplitud del espacio, el brillo de las luces y el blanco de los muebles, la escena pretende instalarse en un logos contemporáneo, pero el efecto es exactamente el inverso: de inmediato nos sentimos instalados en un añejo casino de pueblo, una de esas reservas naturales del antiguo régimen donde el cacique, el obispo y los señoritos presumen de los jornaleros que han echado a la calle esa semana, las señoritas francesas que han aterrizado últimamente en el burdel y los cuernos que le han puesto al boticario. Para el espectador poco avisado, la presencia de Cospedal podría atenuar el machismo implícito en la metáfora (cuatro o cinco verracos ibéricos alardeando de cuántas veces se han tirado a España) pero inmediatamente el espectador poco avisado cae en la cuenta de que la señora en cuestión es Cospedal.

El segundo anuncio es una obra maestra del humor y del horror en el que Mariano aparece primero como una alegoría de la Peste Bubónica en el clásico de Bergman y luego ya como la tranquilizadora vendedora de Avon llamando de puerta en puerta. La primera localización es, con diferencia, la más inverosímil, cuando un grupo de jóvenes lo mira entre el asombro y la chirigota: ninguno sabría explicarse qué pinta Mariano, el lector impenitente, en una biblioteca. A lo mejor está buscando un incunable del Marca. Las demás localizaciones son rigurosamente imposibles porque Mariano se manifiesta de repente en el comedor de una casa, como la princesa Leia telegrafiada desde el control de mandos de R2D2, o bien en el umbral de la puerta de la calle, donde no hay un mal aplique en el que enchufar la tele de plasma. A la expresión de espanto de los visitados le sucede otra de alivio, justo al revés de lo que ha sucedido con sus votantes, que creían haber elegido al capitán Pescanova para sortear el temporal y se encontraron en mitad deEl séptimo sello.